El comienzo de enero suele venir acompañado de una pregunta: «¿Qué voy a cambiar este año?». Cuidar la salud, organizar mejor el tiempo, dejar una relación que nos hace daño, descansar más o aprender a decir que no. Los propósitos pueden ser útiles, pero también convertirse en una nueva lista de reproches.
Quizás llevas años prometiéndote que no volverás a preocuparte tanto, que nunca más sentirás celos o que serás capaz de hacerlo todo sin ayuda. Son objetivos que suenan bien sobre el papel, pero que parten de una idea poco realista: controlar por completo lo que pensamos y sentimos.
Empezar desde el rechazo a uno mismo suele salir caro
Cuando la motivación principal es «tengo que dejar de ser así», cada dificultad puede interpretarse como una prueba de fracaso. Un día de cansancio se convierte en «no tengo fuerza de voluntad». Una discusión se transforma en «no he mejorado nada».
Este modo de evaluarnos no siempre facilita el cambio. A veces aumenta la frustración y hace más probable que abandonemos aquello que queríamos cuidar. Por eso merece la pena revisar desde dónde nace un propósito: ¿de un deseo propio o de la necesidad de cumplir expectativas ajenas?
De los objetivos perfectos a los valores personales
Una idea útil de la terapia de aceptación y compromiso consiste en preguntarnos qué dirección queremos dar a nuestra vida. Los valores no son una meta que se tacha de una lista; son cualidades que deseamos cultivar en la manera de actuar.
Por ejemplo, si valoras la amistad, no necesitas proponerte «ser una amiga perfecta». Puedes decidir llamar a una persona importante esta semana. Si valoras la salud, quizá el primer paso sea reservar una cita médica pendiente o caminar un rato cuando tus circunstancias lo permitan. Si valoras el respeto en las relaciones, puedes empezar por reconocer qué conversaciones te resultan difíciles y por qué.
Lo importante es que el gesto sea concreto y responda a algo significativo para ti. Una acción pequeña, repetida en el tiempo, puede encajar mejor en tu vida que un plan ambicioso imposible de sostener.
Hacer espacio para el malestar
Imagina que te propones expresar más tus opiniones. Es posible que, cuando llegue el momento, aparezcan nervios o miedo a incomodar. La presencia de esa emoción no significa que hayas fracasado.
A veces el cambio consiste precisamente en poder actuar con cuidado y prudencia aunque exista cierta incomodidad. No se trata de obligarte a soportar situaciones dañinas: se trata de distinguir entre el malestar que acompaña a un aprendizaje y el riesgo real de un contexto que necesita otro tipo de respuesta.
En lugar de exigirte «este año no sentiré ansiedad», quizá sea más sensato proponerte «quiero aprender a comprender qué me ocurre cuando estoy ansiosa y cómo puedo atenderme». La diferencia parece pequeña, pero cambia el trato que te das durante el proceso.
Cómo formular un propósito que puedas revisar
Escoge un ámbito que de verdad te importe. Después piensa en una acción posible para la próxima semana, no para los próximos doce meses. Decide cuándo podrías realizarla y qué obstáculos previsibles hay. Si no sale como esperabas, revisa el plan sin convertirlo en un juicio sobre tu persona.
Por ejemplo, «cuidar mis relaciones» puede concretarse en «dedicar un rato a conversar sin pantallas con alguien que quiero» o «pedir ayuda para abordar un conflicto que llevo tiempo evitando». No es necesario cambiar todas las áreas de tu vida al mismo tiempo.
Un comienzo más humano
El calendario cambia de golpe; las personas, por lo general, no. Aprender, recuperar confianza o salir de una etapa difícil requiere un tiempo que no siempre coincide con nuestras expectativas.
Si llevas meses sintiéndote atrapada o atrapado en la ansiedad, la autoexigencia o una relación complicada, un espacio terapéutico puede ayudarte a explorar qué necesitas y qué decisiones son posibles. El comienzo de año puede ser una invitación a cuidarte, no un ultimátum.
En la web puedes conocer el enfoque de trabajo basado, entre otras herramientas, en la aceptación, el compromiso y la atención plena.